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18 abril 2017 2 18 /04 /abril /2017 09:31

Alguien dijo una vez que ni el universo ni la estupidez humana tenían límites y empiezo a sospechar que tenía razón. Más a allá de ver adolescentes con pantalones hasta los sobacos y a la vez enseñando el culo, o con los tobillos al aire en enero, parece que esto se nos está yendo de las manos.

Selfies cada dos minutos, fotos de la comida, información al minuto de lo que hago, gente que lo sabe todo en las redes, tatuajes hasta en los sobacos, barbas de ocho años, gafas de sol más grandes que las de soldar y un largo etcétera. Aunque, en el fondo, esto no es lo preocupante. Cada uno que haga lo que quiera. Lo que a mí me preocupa es el error de concepto y la pérdida del Norte que tenemos encima.

Muchas veces el distanciamiento de la gente respecto a la realidad produce la deformación de prácticamente cualquier situación. Empezamos a perder la perspectiva (gente con cierta edad ya lo está haciendo también) y a actuar como auténticos estúpidos. El exceso de información y a la vez falta de formación hace que las cosas pierdan su sentido. Se podría decir, que como si fuese un círculo, un gilipollas a base de utilizar la información se puede ir volviendo cada vez un poco más listo, pero que al pasarse de listo vuelve al principio y puede volverse aún más gilipollas de lo que era antes.

El ejemplo más claro es el espectáculo bochornoso al que estamos asistiendo entorno a la alimentación. Aparte de casos puntuales como el aceite palma, algunos conservantes y colorantes, algunas grasas, carnes procesadas, evidentemente los plaguicidas o herbicidas, que sabemos que pueden ser muy perjudiciales, existen infinidad de alimentos o componentes de estos que podríamos decir que están vetados.  Además tienen la característica de que, como toda moda, un día son buenos y otro veneno.

Como somos tan listos y mareamos tanto la perdiz, ahora miramos con lupa todo lo que comemos, pero no escuchando al médico o nutricionista (qué locura, nos quieren engañar) sino leyendo cosas por internet o libros sensacionalistas. Nos basamos en estudios “científicos”, pero ojo, no leyéndolos, sino leyendo a gente que los interpreta por nosotros y que tienen esa gran formación que les da un cursillo del herbolario, la homeopatía, la sabiduría popular, el pseudoperiodismo o simplemente porque yo lo valgo. Si yo con no tanta formación en la materia, me doy cuenta de las barbaridades que se dicen, se escriben y se hacen, no quiero ni pensar cómo se tienen que retorcer en sus asientos los médicos o investigadores. Así ocurre, que lo que ayer era blanco mañana es negro. Quién sabe si todos deberíamos alimentarnos a base de tofu, de avena o de quinoa. Hoy, que mañana igual son un veneno. Resulta que el 50% de la población en España cree que es celiaca o intolerante a la lactosa pero seguramente el porcentaje real sea de menos del 10% (doy porcentajes al azar, desconozco el porcentaje exacto). Resulta que preferimos tener problemas. Muy bien, ya lo han conseguido. Los mismos que dicen que hay multinacionales y poderes ocultos que nos manipulan y nos envenenan ahora dejan que otros interesados los manipulen. Olé. Después estaría el tema de los vegetarianos y veganos, que de algo que podría ser admirable como rechazar el sufrimiento animal y ser consecuentes en su alimentación, han dado paso a una radicalidad y a una intolerancia sin precedentes. De la misma manera, llevando la radicalidad al extremo, algo demostrado como que la lactancia materna tiene efectos positivos ha llevado a madres a preferir que sus bebés pasen hambre a que tomen leche de fórmula. O a hacer sentir como basura a las madres que no pueden o no quieren hacer lactancia materna.

Hemos llegado al punto en que la lucha por la libertad, o por la tolerancia en sectores de la población que un día fueron minoritarios y de algún modo relegados (veganos, antitaurinos, homosexuales, ecologistas, feministas…) se ha desdibujado totalmente. En vez de utilizar esa fuerza cada vez mayor para seguir en la misma dirección y enorgullecerse del camino logrado, se usa para convertirse en auténticos radicales e intolerantes, dando de esta forma de nuevo argumentos al sector opuesto de la sociedad, que ya los había perdido, y comportándose con éste de la misma manera que lo habían hecho antes con ellos. Y algo que hace todo más surrealista aún es lo fina que tienen la piel algunos sectores, en que la menor crítica, discrepancia o comentario políticamente incorrecto genera reacciones absolutamente desproporcionadas.

En el fondo todo está relacionado. Se ha generado un “buenismo” exagerado, un idealismo desfigurado que bajo unos principios muy lícitos actúa de forma totalmente depreciable. Al final hay que ver como un animalista o un ecologista acaba a golpes con un cazador, o como alguien te llama loco por beberte un vaso de leche. Quizá todo esto parta del total desapego al origen de las cosas. Es decir, realmente parte más del desconocimiento y la ignorancia que de lo contario. Esto es, que quién acusa a un ganadero de maltratar una vaca cuando la ordeña, al criar un pollo, etc… no tiene ni la menor idea del ciclo productivo o de cómo se hacen las cosas. El que dice como se ha de cultivar no lo ha hecho en su vida, el que rechaza los transgénicos no tiene conocimientos sobre qué son realmente, el que dice que no se usen insecticidas o antibióticos no ha visto una plaga en su vida y no sabe lo que es un periodo de supresión o el límite de residuos, el que dice que en un matadero se maltrata solo ha visto videos en Youtube. Luego criticamos al cura porque nos hace recomendaciones de cómo vivir la sexualidad o la familia cuando él no la debiera practicar. No digo que para hablar de algo o tener una opinión haya que ser un profesional del sector, igual que un oncólogo no necesita haber tenido cáncer para poner un tratamiento, pero unos conocimientos mínimos o cierta perspectiva no estaría de más. Queremos alimentos baratos, producidos sin contaminar, sin usar fertilizantes o herbicidas, ni OMGs, sin alterar el entorno, sin usar a los animales, etcétera. Es decir, le decimos al productor lo que tiene que hacer pero no le pagamos por ello. Vamos que no sabemos lo que queremos ni lo que tenemos. Para colmo queremos que nos tengan todo bien bonito para cuando vamos a darnos una vuelta el fin de semana porque el campo es nuestro, pero claro, que lo trabajen otros.

Todo este popurrí de situaciones que parecen independientes para mí no lo son. Vienen de interpretar la vida de una forma completamente teórica, un exceso de información, malentendida a menudo, y con poco fundamento práctico. A riesgo de parecer un viejo, creo que no nos vendría nada mal pasar un poco de necesidad de verdad para saber qué tenemos entre manos en realidad. Por otro lado, y al hilo de lo anterior, es contradictorio que medio mundo se esté muriendo de hambre mientras el otro medio discute sobre si es bueno tomarse un vasito de vino en las comidas, sobre los ácidos grasos de una nuez, o si es correcto moralmente comer huevos.

Vamos hacia sinsentidos como comprar una sillita de niño con isofix para el coche y lo último en seguridad para después conducir a 140 km/h con dos cervezas. A pedir a la gente que no use el camión para trabajar y después nosotros usar constantemente el coche para irnos de vacaciones o de fin de semana. Si al final no iba a estar tan loca mi tía abuela, que por la noche se fumaba un par de puros y se bebía media botella de Larios. Eso sí, todas la mañanas su Danacol, porque con la salud no se juega.

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Published by Javi Moreno
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